El diccionario dice que mis vicios son malos hábitos, pero claro, como va a saber que mis vicios son algo tan común como la risa de mis amigos, y tan raro como que me gusta el silencio de no escuchar nada volviendo a casa de noche.
Es imposible que un libro tan frío como un diccionario sepa que mis vicios sean algo tan tranquilo como mi cama, y tan eufórico como la adrenalina.
No es culpa del diccionario, siempre ha sido de letras y no entiende que mis vicios sean algo tan comprensible como la música de Bohemian Rhapsody y tan difícil de entender como las rimas de Extremoduro.
Vicios sanos como el deporte y cancerígenos como el cannabis, limpios como un beso con los ojos cerrados, y sucios, muy sucios como los festivales.
Mis vicios son algo tan plural como los libros, y tan singular como mi canción favorita, algo tan fácil como ver reír a un niño y tan difícil como escuchar un "te quiero", de los de verdad.
Como va a saber un diccionario lo que es un vicio si nunca podrá saborear mis vicios dulces como la tarta de queso, o los salados como el jamón serrano, los fríos como el magnum de chocolate blanco ni los calientes como los espaguetis carbonara.
Mis vicios son tan caros como un viaje a un país que no conozco, y tan baratos como darle un abrazo a mi abuela, son tan verdes como andar por la montaña y tan azules como bañarme en el mar hasta que se me arrugan los dedos.
Mis vicios se ven a través de una pantalla como una buena película de Christopher Nolan o un papel perfecto de Matthew McConaughey, y se viven de pie gritando a ritmo de Robe o Alex Turner.
Tengo vicios recientes como el traqueteo de una aguja dejándome en la piel tinta para el resto de mi vida, y vicios que me han acompañado toda la vida como un balón de fútbol.
Mis vicios son sencillos y complicados, y el día que me desprenda de ellos nos sabré como vivir.